Quemar las naves

El amor, como el papel donde se escribe el mejor de los poemas, sufre de una doble ironía: la capacidad de arder al rojo vivo, con la condición de ser alimentado en un acto caníbal: el amor se alimenta de amor mismo.
El otro lado del amor es este: cuando arde demasiado y no se alimenta, se consume. Se quema a sí mismo.
Acaba hecho cenizas, con el papel amoroso que alimenta las llamas del silencio.

Poema aeroportuario

Que la gente que pasa
Que camina que habla
Que va y que no viene
Que estorba
Que espera valijas
Que pierde salidas
Que llegan llegadas
Que la gente trajina
Que vuela
Que vuela

Hay gente que vuela y no viaja
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fantasía

Se me ha ido la palabra delicada
la momentánea frase que de luces
guarda en tus anhelos fantasía

He perdido en el tiempo que atosigo
verbos y adjetivos preocupantes
las ganas de jamás verte de día

Te presento mujer de mis mañanas
a la mujer que amo entre desvelos

Te presento mujer de mis desvelos
al silencio que amo en las mañanas

No me dejes continuar
en esta fantasía de palabras

Será que yo si espero transitar
del vagón del cortejo
al tren de los amores desgastados

a la luz de un tarro

hoy me pregunto
si sentado bajo el cielo
permanezco tenebroso
o sólo permanezco

porque en la decencia
de contemplar el paso
del silencioso tiempo
ni conteniendo
la respiración
me siento inmune

procuro
como casi jamás
escuchar canciones menos tristes
más alegres
descubro
con vehemencia
que la nostalgia
la llevemos dentro
a pesar de la tonada de la radio

esta noche
a la luz de un tarro de cerveza
una mujer intentó platicar conmigo en su mirada
ignoro
verdaderamente ignoro
si ella
lograría llamar mi atención

vaporosas

vaya
mujer vaporosa
que no confieso a nadie nuestras charlas
que con silencio guardo tu mirada
que con dolor extraño la sonrisa
que perdida resguardo entre nostalgias

mujer de vapor
besos de burbuja
el recuerdo de tu cuerpo semi
desnudo reposando sobre el mío
no me deja pensar en otro cuerpo

regrésame esa paz
me la robaste
o termina de una vez
de entregarme
el aroma de tus labios
de tu carne

Desvelo

Diana no tuvo más alternativa que recurrir a las mentiras. Ante la sola posibilidad de ser descubierta, temblaba. Así que aquella mañana cuando descubrieran el crimen, ella negaría todo.

Ella no estuvo allí. Ella no sabía de qué le hablaban. Ella era un ciudadano modelo. Ella no mataba ni una mosca.

Jamás, se dijo a sí, jamás aceptaría frente a su madre, haberse comido toda la bolsa de galletas.

No durmió pensando en ello. A la mañana, ojerosa, cansada y tembloroso del desvelo, se acercó a la cocina. Su madre ya tenía preparado el café. Le sirvió una taza. La miró inquisitiva. Aquí venía la pregunta: ¿Dianita, sabes qué pasó con la bolsita de croquetas para el perro?