Mi madre, que no se limitaba nunca de palabras e instrucciones, me tenía por su acompañante oficial. No me molestaba. No me gustaba, tampoco.
En el fondo, jamás me detuve a pensar en la trascendencia de aquello. Al final, ¿qué niño repara en las instrucciones de su madre? Me corrijo: yo no lo hacía. Al menos no a esa edad. Sigue leyendo