Llamémosle precaución

Yo no puedo decirte con certeza, que salir ahora y recorrer, una vez más, aquellos caminos que hace años nos dejaron varados en las redes del amor, es lo más recomendable.

Nadie quiere, hasta donde mis ojos avisorios proponen, salir con un golpe de menos o echándonos de más. Mas dime tu, vajilla inalcanzable, dónde el deseo deja de confundirse con el sensato recuerdo de tus besos de burbuja y el estruendo sonido de una carcajada silente que, por media década, no ha dejado de balbucear tu nombre en mi oído izquierdo.

En el fondo, es triste.

    Sucede que la tristeza, avalada por miles de poemas dedicados a ella y por no menos cantidad de libros dedicados a contrarrestarla, es una enfermedad harto diseminada por el mundo. No tiene cura. No hay vacuna. No hay inmunidad.

    Buscar cómo evadir sentimientos tan mundanos como estos sólo nos lleva a una depresión controlada, ignorada, desposeída. Inútil, acaso.

    Existe una corriente de pensamiento social que cree, con harta fe, que el cáncer, por ejemplo, deviene, entre otras cosas, de reprimir emociones, contaminando nuestro y creando una olla de vapor que, dada la incapacidad humana de expresarse, se acumulada como una taza de frijoles negros y epazote. Bum. Eventualmente estalla en tumores carcomientes.

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