Manzanas

Su embelezo era acompañado por una simple y sencilla paranoia: juraba que un shinigami lo seguía. Caminaba rápido en los pasillos de la biblioteca, siempre con una manzana en la mano, haciendo muecas al aire. Sin importarle las críticas, lanzaba funestas acusaciones al viento. Déjame, déjame, gritaba. El cuaderno es mío. El cuaderno es mío.

Aquella mañana, su mujer despertó y él no estaba allí. Josué, gritó ella. Y Josué no respondió.  Al final del pasillo, vio los pies desnudos de su esposo.

Josué yacía tendido boca arriba. El parte policiaco era contundente: sobredosis. Lo único que nadie se explicaba, era el kilo y medio de manzanas que alguien devoró horas después de la hora estimada de fallecimiento.