Despertó con el Sol calentándole el rostro. Un hilito de sudor recorría su frente. No se movió. Abrió un ojo. Le pareció escuchar su nombre, pero aún no despertaba por completo. Recordó el sexo, frenético. Pensó en sus propias manos recorriendo una espalda. Alguna, la de ella. Ella. ¿Quién fue? La cabeza palpitaba. La resaca se acentúa en las mañanas, le decía su madre, obviándolo. Respiró profundo, sin moverse. Recordó el placer nocturno. Escuchó una voz de nuevo, lejana. Trató de incorporarse. Se recostó en la silla y su memoria regresó, como reflejo: estaba en la fiesta de la compañía, bebiendo con ella, su compañera de cubículo, recordó los besos, las lenguas, el gusto de ella en sus labios, el éxtasis.
¡Jorge! Despiértese, por el amor de Dios.
Se incorporó de resorte. Su jefe lo veía, furioso. Una brisa le decía que no traía pantalones. La memoria, que seguía en Liverpool. La mirada de su jefe, el pudor que no sintió durante la velada.