Desvelo

Diana no tuvo más alternativa que recurrir a las mentiras. Ante la sola posibilidad de ser descubierta, temblaba. Así que aquella mañana cuando descubrieran el crimen, ella negaría todo.

Ella no estuvo allí. Ella no sabía de qué le hablaban. Ella era un ciudadano modelo. Ella no mataba ni una mosca.

Jamás, se dijo a sí, jamás aceptaría frente a su madre, haberse comido toda la bolsa de galletas.

No durmió pensando en ello. A la mañana, ojerosa, cansada y tembloroso del desvelo, se acercó a la cocina. Su madre ya tenía preparado el café. Le sirvió una taza. La miró inquisitiva. Aquí venía la pregunta: ¿Dianita, sabes qué pasó con la bolsita de croquetas para el perro?

Escuchar

Su coqueteo pasó desapercibido. Detrás de la barra, el joven seguía muy entretenido moliendo café. Diana se pasó la lengua por los labios. El hombre le daba la espalda, en silencio. ¿Hace mucho que trabajas aquí? El joven no respondía. Ya he venido otras veces y no te había visto. El barista trabajaba en silencio, sin responder. Caray, pensó ella, no es para que me ignore. Oye, dijo. ¡Oye!  Gritó más fuerte. Yo sé que tal vez no soy buena para hacer plática, pero no es para que me ignores, chingado.

El joven giró justo cuando ella decía “chingado”. Extrañado, la miró a los ojos. ¿Dijo algo señorita? Es que soy sordo de este lado, señalando su oído izquierdo.

Nada, dijo Diana, sólo que me gusta mucho tu café.

A la cabeza

El combate empezó en la madrugada. Frío el suelo. Frío el viento. Heladas las esperanzas. 

La penumbra, que en tiempos de crisis todo lo rodea, no alimentaba a las tropas. A lo lejos, los gritos aterradores. Uno a uno fueron cayendo. El pelotón no se sostenía.

Diana, en la cima de un árbol, agazapada entre las ramas, tiraba del gatillo. Tiros en la cabeza, tiros en la cabeza, se repetía recordando las instrucciones de su sargento fallecido minutos antes.

Las balas se terminaban y entre cada recarga intentaba recordar sus clases de esgrima. Espérate a verles los ojos, recordó, y corta la cabeza. Es la única manera de detenerlos.

Tiró el gatillo y disparó su última bala. Detrás de ella, bajo el árbol, un zombi la observaba.

Veo

La vida que me das no la soporto.

¿Dónde quedaron aquellas promesas de éxito y grandeza? ¿Dónde los sueños? ¿Dónde las tardes de

vino, las cenas suntuosas? ¿Dónde los viajes de placer? ¿Dónde?

Diana se contempló en silencio frente al espejo del baño.

Se retocó el maquillaje antes de salir a trabajar.

Latte

Salió temprano de casa. Sin ganas. Manejó al trabajo, sorteando baches, semáforos e idiotas al volante. Estornudó. Alcanzó un pañuelo pensando en su salud que siempre, creía ella, estaba en riesgo. Antes de llegar a su oficina se detuvo en Starbucks. Se acercó al mostrador y pidió un latte. Sacó el dinero del bolsillo y entregó la cantidad exacta al barista.

Le dio un sorbo a su café. Si sólo el amor fuese tan placentero… pensó Diana, mientras encendía su auto.