Diana no tuvo más alternativa que recurrir a las mentiras. Ante la sola posibilidad de ser descubierta, temblaba. Así que aquella mañana cuando descubrieran el crimen, ella negaría todo.
Ella no estuvo allí. Ella no sabía de qué le hablaban. Ella era un ciudadano modelo. Ella no mataba ni una mosca.
Jamás, se dijo a sí, jamás aceptaría frente a su madre, haberse comido toda la bolsa de galletas.
No durmió pensando en ello. A la mañana, ojerosa, cansada y tembloroso del desvelo, se acercó a la cocina. Su madre ya tenía preparado el café. Le sirvió una taza. La miró inquisitiva. Aquí venía la pregunta: ¿Dianita, sabes qué pasó con la bolsita de croquetas para el perro?