El negocio de los neurotransmisores había arrojado muy buenas ganancias aquel año. Desde que la Feniletilamina sintética desapareció del mercado negro, por obra de la legalización de la misma, las acciones rascaron los cielos.
Denisse, la cabecilla principal de aquel consorcio farmacéutico, tenía algunos años preparando dos productos estrella adicionales: Dopamina y Oxitocina sintética y aumentada.
Ella se encargaba de la división de drogas recreativas y, empeñada en ofrecer algo nuevo, seguro y muy vendible, remontó a sus cursos de hormonas simples: el placer que el mismo cuerpo otorga es el mejor aprovechado.
Salió del laboratorio con dos frascos. Blancos ambos. Cada uno contenía un compuesto diferente y, olvidando etiquetarlos, los colocó dentro de un contenedor acrílico.
Entró al elevador y descendió 7 pisos, hasta la sala de los monos. Abrió los potes y tomó una pastilla de cada. Los colocó frente a uno de los monos. Ambas píldoras iguales, el chimpancé no tendría manera de distinguirlas y sin embargo no importaba. Le ofreció amabas.
El cautivo tomó y la engulló. La siguiente pastilla fue entregada al mono de la jaula contigua, hembras las dos.
Denisse apuntó algo en una libreta que llevaba y salió de la habitación. “Mañana veremos cuál de las dos amanece contenta y cuál con un dolor en los pezones…”, pensó la química, mientras insertaba dos monedas en la máquina de Coca cola.
Tras la puerta, dos monos escupían las pastillas en el bote de basura, sonriendo.