Nunca supo de dónde obtuvo la prudencia. La heredé de mi madre, dijo alguna vez. Sigue así, le respondieron.
“Sigue así”. Las palabras rebotaban entre su plexo solar y sus riñones. Prudencia. Prudencia. Creo, pensó Daniela, que ahora necesito tolerancia.
Llegó al malecón y observó las olas. Hacía frío pero estaba decidida. Trató de recordar los porqueno, pero sólo pensaba en los porquesí. Recordó el candor de los últimos brazos que la abrazaron. Aquí fue, dijo. Justo aquí.
Bajó a la playa. La marea gris. El cielo ennegrecido.
Cuidado, señorita, le dijo un pescador, ahi viene l’agua. No se apure, respondió ella. Así es como me gusta a mí surfear.