Un día más.

Cansado, Daniel se recargó junto a la ventana. Ya era y sin embargo no tenía el lujo del sueño. Un rayito de luna atravezaba la delgada cortina, iluminándolo todo. Hasta el polvo se veía lindo a media luz, pensó él, mientras guardaba compostura.

Reflexivo, bebió de un sorbo el café que le quedaba. Su estado distaba mucho del paranóico y sin embargo, los gruñidos que a cada momentos estaban más cercanos, garantizaban que su salud mental, poco a poco, perdería todo estribo.

Una vez más cortó cartucho, decidido a sobrevivir un día más.

Frasco

Daniel llegó del trabajo. El estrés bajo los ojos le inundaron el párpado izquierdo. La presión aumentaba conforme la cafetera silbaba. Se acercó a la estufa. Cerró la flama. El vapor aún zumbaba.

De la alacena tomó el frasco de café. Vacío. Irritado lo soltó, estrellándose contra el piso. Era fin de mes y las provisiones escasas lo irritaban. Pronto, se dijo, pronto.

Dejó la cafetera en su lugar. Urgó unas monedas de su frasquito de reserva. Se puso la chamarra y salió a la calle a buscar a una cerveza.

Pasarían varios días antes que alguien se preguntara por qué Daniel no había regresado a casa.

Revivir

Este pantalón me queda peke, pensó Daniel, mientras se observaba frente al espejo. ¿Hace cuánto que los tengo? ¿Cinco años? Carajo. Creo que he subido de peso.

La locura de aquella mañana sólo podría superarse por la expectativa de la tarde. Daniel sumió el estómago y abotonó la mezclilla. Soltó el aire. El pantalón crujió poquito, tenso. Daniel se calzó las botas de gamuza y salió a la nieve.

Caminó cerca de 15 minutos. Colina abajo divisó el puente. Un grupo lo esperaba. Llegó. Lo vieron. La multitud lo recibió con un aplauso y su entrenador con un arnés, que le colocó con gracia.

¿Listo, Danny?

¡Listo!

Muy bien, muchacho. Hora de volar.

Daniel se paró al borde la plataforma, observando el torrente 200 metros abajo. Contuvo la respiración y se lanzó de cabeza.

Cuánto extrañaba hacer bungie.