Quien diga que necesito
enunciados promisorios
que me diga en entredichos
tres susurros desdentados
porque pa pintarme canas
ni descritas
ni empotradas
que me preste las palabras
de Araceli pronunciadas.
He dicho.
Quien diga que necesito
enunciados promisorios
que me diga en entredichos
tres susurros desdentados
porque pa pintarme canas
ni descritas
ni empotradas
que me preste las palabras
de Araceli pronunciadas.
He dicho.
Este forúnculo no se quitará solo. El médico observo a la paciente. Yo no sé por qué me pasan a mí estas cosas, Doctor. Yo estaba sana. La entiendo, Araceli. Pero mire, ¿hace cuánto tiempo nos vimos? Seis meses. Seis meses, así es. ¿Y se acuerda qué le dije? Si. ¿Qué? Que ni perdiendo una termia mejoraría mi salud, pero que lo intentara. Así es, Araceli, ¿y usted qué hizo? Llorar, Doctor. Así es, Araceli… ¿perdón?
El médico no esperaba aquella respuesta tan fuera de lugar. ¿Llorar? Pensó. Su paciente lo observaba con ojo diacrítico mientras él, sintiéndose que traicionaba a Hipócrates, esperaba que el sedante surtiera efecto en ella.
Inconsciente, la mujer no tendría voz para impedir la llegada del bisturí a su cabello.