Regreso el jueves.

A lo lejos escuchó la dulce voz Harriet Wheeler entonando “here is where the story ends”. Se detuvo para intentar ubicar su origen. Estos callejones confusos, pensó Alfredo, mientras continuaba su larga caminata de regreso a casa.
Aquel día no estuvo ausente de la desilusión. Hacía ya 6 años que una promesa yacía guardada en una carta dentro del armario.

Regreso el jueves.

La carta corta cual telegrama y cada jueves, puntual, en la estación de Canterbury, él esperaba la llegada del tren de la tarde. Y nada. La depresión llegó pronto y sin embargo él no perdía la esperanza de verla aparecer detrás de los vapores de la máquina férrea.

People I see, weary of me / Showing my good side / I can see how people look down / I’m on the outside.

La canción seguía tocando en algún lado. Persiguiéndolo. Tal vez no lo había notado pero esa tarde, como balde de agua fría, tuvo que aceptar que aquella canción siempre lo acompaña en su camino de regreso. Estos zapatos son un suicidio, pensó él, mientras andaba aquellas calles empedradas.

Entró a su departamento sobre Beer Cart Lane. Introdujo la llave en la perilla y giró la chapa. Dentro, la misma canción que no lo dejaba tocaba en la radio. Se acomodó en su sillón favorito y prendió su pipa.

Horas más tarde, el cuerpo de bomberos encontraría su cuerpo calcinado en la sala y el de una mujer dentro del clóset.

Tarde

El reloj le regresó la mirada, fulminante. La hora apremia sólo a quienes saben apremiarla. Tomó los audífonos y tomó la calle a toda prisa. Llovía y no cargó el paraguas. Carajo, pensó Alfredo mientras un automóvil lo bañaba frente a una laguna.

Siguió adelante, a paso firme, dispuesto a todo con tal de no pagar el recargo de Blockbuster.

Entró hecho mares. Chorreando. Afortunadamente, se dijo, hoy trabaja ella, Melenita, la chaparrita pelo negro que le gustaba.

Caminó al mostrador, puso el DVD sobre la barra, levantó la vista y ella, el amor de su vida, lo veía, atónita.

La chica tomó la película, abrió la caja para revisar el disco y lo puso junto a ella, tirando una pluma al suelo. Se agachó por ella y Alfredo aprovechó para verle las nalgas.

Poco a poco, el frío y la pena se la fueron quitando y ella, sin darse cuenta de nada, lo despachó y atendió al próximo cliente.

Non sequitur

¿Alguna vez haz pensado en qué harías si fueras dueño de un zoológico, Alfredo? Ah… no, respondió él. ¿En verdad no? No, insisitó Alfredo. Vaya. Qué aburrido. Piensa. Tendrías un tigre a tu disposición. ¿Para qué quiero un tigre? Para matar al dragón. Los dragones no existen. ¿Qué me dices del dragón de Komodo? No creo que el tigre tenga problemas con ellos. ¿Por qué no? Los dragones cazan ciervos en su isla natal. Un ciervo no es un tigre. Igual tiene pelos. ¿Y fuera de eso? Además los ciervos no le temen a los búhos. ¿A los qué? A los búhos. No sé cómo llegó un búho hasta aquí. ¿Volando? Me refiero a ésto, a esta charla. ¿Si recuerdas que estamos imaginándonos dueños de un zoológico? ¿Y eso nos permite poner a luchar a los animales? ¿Qué fue eso? ¿Qué cosa? ¿Ese ruido? Lo escuchaste. ¿Un rugido? Alguien viene, cállate. Carajo, ¿qué hace un tigre en la sala de tu casa? Creo que tengo demasiada imaginación.

Vaya

Alfredo entró al mercado buscando fresas. Tomó una canasta naranja y caminó a la sección de frutas. Aburrido, caminó por varios pasillos y terminó frente a las velas. No le gustaban, pero compró una con aroma a lavanda.

Llegó a las frutas. Encontró lo que buscaba. Con paso firme enfiló a la caja 3. Se detuvo frente a las rosas. Tomó un ramo. “Dejaré que estas flores hablen por mí”, pensó.

Pagó el total sin revisar la cuenta y salió del mercado, sonriente, rumbo a la cita.