A lo lejos escuchó la dulce voz Harriet Wheeler entonando “here is where the story ends”. Se detuvo para intentar ubicar su origen. Estos callejones confusos, pensó Alfredo, mientras continuaba su larga caminata de regreso a casa.
Aquel día no estuvo ausente de la desilusión. Hacía ya 6 años que una promesa yacía guardada en una carta dentro del armario.
Regreso el jueves.
La carta corta cual telegrama y cada jueves, puntual, en la estación de Canterbury, él esperaba la llegada del tren de la tarde. Y nada. La depresión llegó pronto y sin embargo él no perdía la esperanza de verla aparecer detrás de los vapores de la máquina férrea.
People I see, weary of me / Showing my good side / I can see how people look down / I’m on the outside.
La canción seguía tocando en algún lado. Persiguiéndolo. Tal vez no lo había notado pero esa tarde, como balde de agua fría, tuvo que aceptar que aquella canción siempre lo acompaña en su camino de regreso. Estos zapatos son un suicidio, pensó él, mientras andaba aquellas calles empedradas.
Entró a su departamento sobre Beer Cart Lane. Introdujo la llave en la perilla y giró la chapa. Dentro, la misma canción que no lo dejaba tocaba en la radio. Se acomodó en su sillón favorito y prendió su pipa.
Horas más tarde, el cuerpo de bomberos encontraría su cuerpo calcinado en la sala y el de una mujer dentro del clóset.