Bajamos del metro de París en la estación Saint Michel. Varias escaleras arriba el cielo brillaba dorado, intenso, una luz franca que no se percibe en todo el mundo. Me tapé la luz con la mano. ¿Y tu sombrero, Alberto? Caray, dije, qué olvido. Lo dejé allá donde desayunamos.
Nos levantámos temprano porque yo insistí en acudir a La galerie des bibliothéques para una exposición de Clamp. Aún recuerdo el domicilio: 22 rue Mahler, 4eme arrondissement.
Tomamos el metro hasta la estación St. Paul. Durante el trayecto, mi mente parloteaba en qué palabras emplearía para solicitarle mi sombrero al camarero. Desayuné aquí, dejé un sombrero. ¿Cómo se dice sombrero en francés? Saqué el traductor: chapeau. Ah, qué bien.
Bajamos del metro y caminamos un poco, tomados de la mano. La ciudad más romántica del mundo, sin duda. No puedes andar sin tu sombrero, me dijo ella, con una sonrisa que reventaba olas.
Me acerqué al camarero detrás de la barra. Me vio. Tomé aire y le dije, en mi rústico francés: yé manyé ici le matán. Yé ublié un chapóh. El camarero sonrió y estirando la mano tomó mi sombrero y me lo entregó.
Me lo puse de nuevo, contento. Ella, incrédula de cómo aprendí francés en dos meses, me besó. La miré a los ojos: quiero pizza. ¿En París? Si, respondí. Estás loco, creo que por eso te amo.