” Yo sé lo que está Usted pensando, Señor Pérez: «¿cómo es que una Dama tan gentil y graciosa, solicita una bebida tan ruda?» Pues le diré que, a pesar de sus creencias, el whisky es una bebida tan refinada como cualquiera otra. Claro, no ostenta el mismo carácter que un buen coñac. Pero a la vez, el coñac tiene demasiadas tribulaciones como para ser válido hoy en día. Para mí, un buen escocés supera con creces a cualquier Brandy francés. Así que por favor, no se atreva a juzgarme por mi bebida o mis zapatos. Ni por la cantidad de pasos que —seguramente lo notó —, caminaba yo detrás de Usted al bajar del avión. Yo sé quién es Usted Señor Don Rémington Pérez. Lo vengo siguiendo desde hace tiempo, ¿sabe? Sé dónde come y con quien come. Sé donde duerme y con quien duerme. Conozco sus malos hábitos y sus peores costumbres. Usted es un animal predecible, Sr. Pérez.
” Y Usted. Usted no sabe absolutamente nada de mi. Absolutamente nada. Claro podrá presumir que visto Prada. Que fumo Dunhill con boquilla. Que mi perfume es Chanel No. 5 y que me pongo tan poco que sólo cerca de mi es perceptible. Seguramente ya pudo adivinar mi estatura y mi peso. Hasta mi talla, de reojo, y a pesar de mis gafas oscuras, el color de mis ojos no debe ser un secreto para Usted. Sin duda.
” Así que como podrá ver, Remi, Usted se encuentra en una absoluta y entera desventaja. ¿Se da cuenta? Justamente ahora Usted estará preguntándose mi nombre. De dónde vengo y quien me contrató. Quién me puso sobre aviso a su presencia y por qué lo sigo. Se preguntará si conozco también sus motivos para viajar a Nueva York. Si conozco el contrato que lo ha hecho llegar hasta acá y si mi conocimiento pone en juego la jugosa suma que seguramente le han ofrecido por esta pesquisa. Yo sé lo que pasa por su mente, Sr. Pérez. Así que ahora que sabe que yo sé. Creo que ya no hay mucho más qué pensar, ¿no le parece?
Guardé silencio y continué bebiendo. El whisky no estaba para desperdiciarse. Además, en el tiempo que le tomó a ella mostrar su vasto conocimiento de la lengua española, tuve la oportunidad de repasar, con mi memoria fotográfica, los cínicos ademanes de la mujer que, vistiendo Prada, me seguía desde que salí de Tijuana. Su mirada, el golpeteo de sus pasos contra el suelo, el ritmo para andar, la voz suave pero cansada y esa maldita manía por el –
— ¡Whisky!, dije en voz alta. El whisky, señora mía, siempre la traicionará. Yo sólo me pregunto dos cosas, ¿sabe? La primera, ¿cuál es la gracia de tomar tanto pinche whisky?
— ¿Y la segunda?
— Si quería un guardaespaldas para viajar a Nueva York, ¿por qué no solicitarlo desde un principio? Honestamente, no había necesidad de enviar a una actriz a mi despacho.
— …
— Así que ahora, por favor, no se burle de mi inteligencia y dígame ¿a qué diablos venimos a la Gran Manzana?