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El ojo del atardecer. 6

Nos seguías desde el aeropuerto de Los Ángeles. Mientras yo bebía con la dama, tu te boleabas los zapatos con un simpático mexicano, a unos 10 metros de nosotros. Allá, vestías un pantalón de pana color verde, con una chaqueta café. Muy otoñal. Tus zapatos de corte italiano, café también, brillaban espléndidamente y, aun así, tuviste la desfachatez de emplear el truco más viejo del libro de los espías.
Hojeabas la sección deportiva del L.A. Times y pude notar como tu vista recorría todo, menos los encabezados del diario. Estornudaste dos veces cuando un viejo acercó la escoba por el rincón donde te encontrabas y le reñiste algo ininteligible con un duro acento de Brooklyn. Sigue leyendo

El ojo del atardecer. 5.

Seis horas después tocaron tierra en LaGuardia. Hacía frío. Mucho. El viento soplaba del norte y la humedad les helaba los huesos. Caminaron en silencio por el pasillo, uno muy cerca del otro. Después de varias horas en el avión era evidente que una amistad nacía. Esperaron su equipaje en la banda número 3. Tomaron sus maletas de cuero y caminaron hacia la terminal de taxis.
Subieron a la unidad 415, piloteada por un hindú llamado Hrithik Roshan. Le indicaron que los llevara al Waldorf=Astoria, ubicado en el 301 Park Avenue, en la parte central de Manhattan.
Tomaron la carretera 78 y se dirigieron al túnel Holland, donde se mantuvieron sumergidos por varios minutos, apareciendo en Manhattan y virando a la derecha sobre la avenida Lafayette. Avanzaron algunas cuadras y la avenidad se unió a la calle cuarta, por donde avanzaron lentamente, gracias a un accidente de tráfico. Sigue leyendo

El ojo del atardecer. 4.

Una voz melodiosa e incompresible anunció la próxima salida del vuelo a Nueva York. Me puse de pie. Ella, detrás mío, me seguía con la mirada y los pasos cortos y medidos, practicados.
A pocos metros del bar me detuve de pronto y ella, como dormida en el tráfico, arrastró un tacón al interrumpir su andar. Guardé silencio y metí la mano al bolsillo del saco, con tranquilidad. Supe que su corazón se aceleraba. Contuvo su respiración, y se adentró en su bolso de mano dejándola allí dentro, esperando mi reacción. Sigue leyendo

El ojo del atardecer. 3.

” Yo sé lo que está Usted pensando, Señor Pérez: «¿cómo es que una Dama tan gentil y graciosa, solicita una bebida tan ruda?» Pues le diré que, a pesar de sus creencias, el whisky es una bebida tan refinada como cualquiera otra. Claro, no ostenta el mismo carácter que un buen coñac. Pero a la vez, el coñac tiene demasiadas tribulaciones como para ser válido hoy en día. Para mí, un buen escocés supera con creces a cualquier Brandy francés. Así que por favor, no se atreva a juzgarme por mi bebida o mis zapatos. Ni por la cantidad de pasos que —seguramente lo notó —, caminaba yo detrás de Usted al bajar del avión. Yo sé quién es Usted Señor Don Rémington Pérez. Lo vengo siguiendo desde hace tiempo, ¿sabe? Sé dónde come y con quien come. Sé donde duerme y con quien duerme. Conozco sus malos hábitos y sus peores costumbres. Usted es un animal predecible, Sr. Pérez.
” Y Usted. Usted no sabe absolutamente nada de mi. Absolutamente nada. Claro podrá presumir que visto Prada. Que fumo Dunhill con boquilla. Que mi perfume es Chanel No. 5 y que me pongo tan poco que sólo cerca de mi es perceptible. Seguramente ya pudo adivinar mi estatura y mi peso. Hasta mi talla, de reojo, y a pesar de mis gafas oscuras, el color de mis ojos no debe ser un secreto para Usted. Sin duda.
” Así que como podrá ver, Remi, Usted se encuentra en una absoluta y entera desventaja. ¿Se da cuenta? Justamente ahora Usted estará preguntándose mi nombre. De dónde vengo y quien me contrató. Quién me puso sobre aviso a su presencia y por qué lo sigo. Se preguntará si conozco también sus motivos para viajar a Nueva York. Si conozco el contrato que lo ha hecho llegar hasta acá y si mi conocimiento pone en juego la jugosa suma que seguramente le han ofrecido por esta pesquisa. Yo sé lo que pasa por su mente, Sr. Pérez. Así que ahora que sabe que yo sé. Creo que ya no hay mucho más qué pensar, ¿no le parece?

Guardé silencio y continué bebiendo. El whisky no estaba para desperdiciarse. Además, en el tiempo que le tomó a ella mostrar su vasto conocimiento de la lengua española, tuve la oportunidad de repasar, con mi memoria fotográfica, los cínicos ademanes de la mujer que, vistiendo Prada, me seguía desde que salí de Tijuana. Su mirada, el golpeteo de sus pasos contra el suelo, el ritmo para andar, la voz suave pero cansada y esa maldita manía por el –

— ¡Whisky!, dije en voz alta. El whisky, señora mía, siempre la traicionará. Yo sólo me pregunto dos cosas, ¿sabe? La primera, ¿cuál es la gracia de tomar tanto pinche whisky?
— ¿Y la segunda?
— Si quería un guardaespaldas para viajar a Nueva York, ¿por qué no solicitarlo desde un principio? Honestamente, no había necesidad de enviar a una actriz a mi despacho.
— …
— Así que ahora, por favor, no se burle de mi inteligencia y dígame ¿a qué diablos venimos a la Gran Manzana?