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El ojo del atardecer. 6

Nos seguías desde el aeropuerto de Los Ángeles. Mientras yo bebía con la dama, tu te boleabas los zapatos con un simpático mexicano, a unos 10 metros de nosotros. Allá, vestías un pantalón de pana color verde, con una chaqueta café. Muy otoñal. Tus zapatos de corte italiano, café también, brillaban espléndidamente y, aun así, tuviste la desfachatez de emplear el truco más viejo del libro de los espías.
Hojeabas la sección deportiva del L.A. Times y pude notar como tu vista recorría todo, menos los encabezados del diario. Estornudaste dos veces cuando un viejo acercó la escoba por el rincón donde te encontrabas y le reñiste algo ininteligible con un duro acento de Brooklyn. Seguir leyendo El ojo del atardecer. 6

el ojo del amanecer. ocho.

Cuando salí del shower, el viejo roncaba en el sofá de cuero.
Me detuve un segundo a contemplarlo. Con la mirada recorrí sus viejas y arrugadas manos. Su rostro acabado, su cabello ralo y grisáceo. Sus ojeras y la respiración pausada. Me senté frente a él y saqué un Monte Cristo que me mandó de alguno de sus viajes. Lo encendí. Coloqué el zippo en la mesita de centro y aspiré el humo fino del tabaco. Las palomas de humo se amordazaron sobre mí. Me eché hacia atrás. Con la imagen fresca de mi padre en la memoria, cerré los ojos, recordando la última vez que lo vi sobre ese mismo sillón, hace años, con el rostro molido y una bala en el brazo. — No te asustes, hijo. Esto no es nada.—
El viejo estiró la mano y me dio un número telefónico y un código secreto. Marqué el número y una voz muy suave cuestionó — Clave, por favor.— Titubeé un segundo y dije, tratando de no perder la compostura: — Gomita de cerveza.— Hubo un silencio hueco en la línea y la mujer me respondió, finalmente, que el código había sido aceptado.
Minutos después, tocaron a la puerta.
Varios hombres de negro, con maletines médicos entraron a la habitación. Tomaron a mi padre y lo colocaron sobre la mesa del comedor. No me dejaron ver y, por las siguientes dos horas, sólo hubo silencio.
Y así como entraron, los hombres salieron del comedor y volvieron a colocar a mi padre sobre el sillón, tal cual lo encontraron. Y él, vendado, molido y una IV en el brazo, dormía.
De nuevo me senté en el sillón a observarlo. Durmió por dos días antes de despertar y, cuando por fin abrió los ojos, me dijo: De la que nos salvamos, hijo. De la que nos salvamos.
En eso pensaba justamente cuando alguien tocó a la puerta. Dejé el cigarro en la mesita y contuve la respiración. De nuevo sonó la puerta. Tres toquidos secos. Un hombre, de seguro. — ¿Qué esperas para abrir?— Musitó mi padre, con la mirada fija en la puerta, y el dedo índice sobre el gatillo de su vieja Walther PPK. — No te asustes, hijo—, me dijo él, como si supiera en lo que yo pensaba — esto… esto no es nada.—
Y tiró del gatillo.

El ojo del atardecer. 5.

Seis horas después tocaron tierra en LaGuardia. Hacía frío. Mucho. El viento soplaba del norte y la humedad les helaba los huesos. Caminaron en silencio por el pasillo, uno muy cerca del otro. Después de varias horas en el avión era evidente que una amistad nacía. Esperaron su equipaje en la banda número 3. Tomaron sus maletas de cuero y caminaron hacia la terminal de taxis.
Subieron a la unidad 415, piloteada por un hindú llamado Hrithik Roshan. Le indicaron que los llevara al Waldorf=Astoria, ubicado en el 301 Park Avenue, en la parte central de Manhattan.
Tomaron la carretera 78 y se dirigieron al túnel Holland, donde se mantuvieron sumergidos por varios minutos, apareciendo en Manhattan y virando a la derecha sobre la avenida Lafayette. Avanzaron algunas cuadras y la avenidad se unió a la calle cuarta, por donde avanzaron lentamente, gracias a un accidente de tráfico. Seguir leyendo El ojo del atardecer. 5.

El ojo del atardecer. 4.

Una voz melodiosa e incompresible anunció la próxima salida del vuelo a Nueva York. Me puse de pie. Ella, detrás mío, me seguía con la mirada y los pasos cortos y medidos, practicados.
A pocos metros del bar me detuve de pronto y ella, como dormida en el tráfico, arrastró un tacón al interrumpir su andar. Guardé silencio y metí la mano al bolsillo del saco, con tranquilidad. Supe que su corazón se aceleraba. Contuvo su respiración, y se adentró en su bolso de mano dejándola allí dentro, esperando mi reacción. Seguir leyendo El ojo del atardecer. 4.

El ojo del atardecer. 3.

” Yo sé lo que está Usted pensando, Señor Pérez: «¿cómo es que una Dama tan gentil y graciosa, solicita una bebida tan ruda?» Pues le diré que, a pesar de sus creencias, el whisky es una bebida tan refinada como cualquiera otra. Claro, no ostenta el mismo carácter que un buen coñac. Pero a la vez, el coñac tiene demasiadas tribulaciones como para ser válido hoy en día. Para mí, un buen escocés supera con creces a cualquier Brandy francés. Así que por favor, no se atreva a juzgarme por mi bebida o mis zapatos. Ni por la cantidad de pasos que —seguramente lo notó —, caminaba yo detrás de Usted al bajar del avión. Yo sé quién es Usted Señor Don Rémington Pérez. Lo vengo siguiendo desde hace tiempo, ¿sabe? Sé dónde come y con quien come. Sé donde duerme y con quien duerme. Conozco sus malos hábitos y sus peores costumbres. Usted es un animal predecible, Sr. Pérez.
” Y Usted. Usted no sabe absolutamente nada de mi. Absolutamente nada. Claro podrá presumir que visto Prada. Que fumo Dunhill con boquilla. Que mi perfume es Chanel No. 5 y que me pongo tan poco que sólo cerca de mi es perceptible. Seguramente ya pudo adivinar mi estatura y mi peso. Hasta mi talla, de reojo, y a pesar de mis gafas oscuras, el color de mis ojos no debe ser un secreto para Usted. Sin duda.
” Así que como podrá ver, Remi, Usted se encuentra en una absoluta y entera desventaja. ¿Se da cuenta? Justamente ahora Usted estará preguntándose mi nombre. De dónde vengo y quien me contrató. Quién me puso sobre aviso a su presencia y por qué lo sigo. Se preguntará si conozco también sus motivos para viajar a Nueva York. Si conozco el contrato que lo ha hecho llegar hasta acá y si mi conocimiento pone en juego la jugosa suma que seguramente le han ofrecido por esta pesquisa. Yo sé lo que pasa por su mente, Sr. Pérez. Así que ahora que sabe que yo sé. Creo que ya no hay mucho más qué pensar, ¿no le parece?

Guardé silencio y continué bebiendo. El whisky no estaba para desperdiciarse. Además, en el tiempo que le tomó a ella mostrar su vasto conocimiento de la lengua española, tuve la oportunidad de repasar, con mi memoria fotográfica, los cínicos ademanes de la mujer que, vistiendo Prada, me seguía desde que salí de Tijuana. Su mirada, el golpeteo de sus pasos contra el suelo, el ritmo para andar, la voz suave pero cansada y esa maldita manía por el —

— ¡Whisky!, dije en voz alta. El whisky, señora mía, siempre la traicionará. Yo sólo me pregunto dos cosas, ¿sabe? La primera, ¿cuál es la gracia de tomar tanto pinche whisky?
— ¿Y la segunda?
— Si quería un guardaespaldas para viajar a Nueva York, ¿por qué no solicitarlo desde un principio? Honestamente, no había necesidad de enviar a una actriz a mi despacho.
— …
— Así que ahora, por favor, no se burle de mi inteligencia y dígame ¿a qué diablos venimos a la Gran Manzana?

El ojo del atardecer. 2.

Me despertó el crujir de la portezuela, mientras la azafata giraba la manivela del viejo DC-10 que me llevaría a Los Ángeles. El calor estaba insoportable y yo no sabía por qué diantre no despegábamos. —Carajo —, pensé. A la vez que me secaba la frente con un pañuelo.
Hace unos días, cuando aquella visita inesperada —¿desesperada? — acudió a mi puerta, no imaginé que me llevaría lejos. Y ahora, el rugir de los motores me animaban un poco porque, ahora sí, prendía el aire acondicionado.
Despegamos en punto de las 15 horas. No sé por qué no tomé el autobús, sólo 3 horas de camino y estaría allá. Pero no. Como recibí finísimos viáticos, decidí darme el gran lujo de volar.
En 25 minutos aterrizábamos en LAX y el capitán anunciaba más calor. Octubre en la costa oeste… impredecible, realmente.
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El ojo del atardecer. [1]

Pasaría mucho tiempo antes que aquella dama quien, como en cualquier relato de Sam Spade, me revelara su verdadera identidad; quien, en palabras llanas, se coló una tarde sosiega a mi despacho.
Yo, detrás de un viejo escritorio de caoba, chupando despacio un tabaco barato. Ella, caminando hacia mí, adivinando que no me movería para recibirla. Yo, con los pies sobre el escritorio y el bombín cubriendo los ojos casi por completo. Ella, con la confianza de la lluvia precipitándose sobre Tijuana. Yo, envuelto en mis propias bocanadas. Ella, envuelta, simplemente. Seguir leyendo El ojo del atardecer. [1]

El ojo del amanecer. Dos.

Estacioné el auto a media cuadra del Dandy, sobre la misma Calle Sexta. Caminé hacia la esquina y me detuve junto al puesto de tacos varios. Hace siglos que no me paro por aquí, pensé.

Aun tenía tiempo así que pedí uno de lengua en salsa verde y un agua de arroz, por favor.

– ¿Con caviar de rancho y camarón de zurco?
– Y poca salsa…

Terminé mi taco y crucé la calle en diagonal. A unos pasos, el famoso Dandy del Sur.

En la puerta te recibe un municipal sonriente quien, depende de cómo te mire, te pasa báscula. En mi caso nunca lo había hecho. Además, a los polis hay que saludarlos como si se les conociera. Con una sonrisa, con alegría. Con una palmadita en la espalda y listo. Ni qué te digan. No me extraña que asalten tantos bancos.

Me adentré en el tugurio. A mi derecha está la barra, con poca gente. Muchas botellas y medias. y a la izquierda una hilera de mesas, también algo vacía. La rocola del centro zumba María, de Café Tacvba y una pareja baila en la pista 2 por 2m. Demasiado pequeña, pienso siempre que la veo.

Me acomodé en la última mesa, junto a la puerta del baño para, según yo, observar la escena por completo. De repente me sentí como Perry Mason, metiendo las narices más allá de lo esperado por un cliente. ¿Qué demonios hago aquí?, me pregunté un par de veces, mientras pedía otro whisky sin soda.

– Me da otro whisky. Sin Soda.

Si, así es como se pide un whisky. Sin muchos rodeos. Ya iba en el tercer sorbo del segundo vaso, cuando el estómago me avisó de algo contundente: escuché claramente los taconazos ligeros de una mujer elegante. No me pregunten cómo supe de su elegancia, pero la contundencia de los pasos, el ritmo del eco, una pierna rozando contra la otra. Hasta cerré los ojos imaginando la belleza que caminaba hacia mí. Tomé un cigarro de mi bolsa, lo llevé a mis labios y, justo antes de prenderlo, escuché el chisk de un encendedor. Sonreí. Tomé la bocanada y levanté los ojos a la mirada de un hombre delgado, quijotesco:

– ¿Acaso esperaba a una mujer, Sr. Pérez?