Balame, el Dios creador, de un soplo nos hace ser. Su semilla ha pasado, desde tiempos sin memoria, de padres a hijos. En el ritual de la muerte, el cuerpo del padre es incinerado. Una vez hecho polvo, el primogénito honra su memoria aspirando sus cenizas, recuperando la semilla original de Balame, perpetuando su legado bendito.
En silencio aspiro las cenizas de mi padre. Cierro los ojos y me concentro en su memoria. Respiro profunda y pausadamente mientras el polvo ancestral recorre mi cuerpo. Mis brazos, mis piernas, mis rodillas, mi espalda. Su fuerza y espíritu Pallawah se manifiestan en mi corazón: mi pulso se acelera, se detiene, se acelera. Escucho su voz con claridad. Su sangre está en mi sangre, su cuerpo está en mi cuerpo. Soy piel, soy sudor, soy vientre. Abro los ojos lentamente. Exhalo. Mi familia me ve y se inclinan: soy mi padre.
El ejercicio esta AQUI.