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La historia que empieza a la mitad.

Matías logró rescatarla del ogro y con un beso sellaron el deseo que desde hace tiempo los unía. Se mudaron a los suburbios de la gran metrópoli y vivieron felices para siempre. Años después, en su lecho de muerte, ella preguntó a su amado: Matías, ¿recuerdas cómo nos conocimos? Claro, con lo del ogro. ¿Por qué? No, Matías, dijo ella. Nunca te lo dije pero esto empezó muchos antes de ese fatídico encuentro.

Alcánzame aquel libro rojo, Matías. Él se puso de pie y colocó el libro en sus manos. Esta es la historia completa, amor mío. Léemela.

Matías se limpió la garganta y empezó: “Había una  vez princesa que soñó morir a un lado de su amado…”.

45 años

Hace algunos días me enfermé. El médico me informó de una infección en la garganta. Tengo una semana en casa. Encerrado. Apenas hoy tengo la energía suficiente para salir de casa.

Mientras me pongo los zapatos, pienso “cada vez me toma más tiempo recuperarme”.

Tengo 45 años. Y una vez más estoy enamorado. No recuerdo cuándo fue la primera vez que caí presa del amor. Sólo sé que desde entonces nunca me ha dejado. “Tu problema es,” me dijeron hace décadas, “que eres muy enamoradizo.” Lo sé, dije.

Y la besé con fuerza.

Vaya

Alfredo entró al mercado buscando fresas. Tomó una canasta naranja y caminó a la sección de frutas. Aburrido, caminó por varios pasillos y terminó frente a las velas. No le gustaban, pero compró una con aroma a lavanda.

Llegó a las frutas. Encontró lo que buscaba. Con paso firme enfiló a la caja 3. Se detuvo frente a las rosas. Tomó un ramo. “Dejaré que estas flores hablen por mí”, pensó.

Pagó el total sin revisar la cuenta y salió del mercado, sonriente, rumbo a la cita.

Oído. Al pasar.

Carmelita desenvainó la espada a la primera de cambios, a tientas, acaso sin razón y sin motivo, cuando aquel desconocido entonó para sí: Carmen, se me perdió la cadenita con el Cristo del Nazareno, Carmen. Que tú me regalaste, Carmen.

Yo a usted ni lo conozco, dijo, ofendida. Dejando su mano impresa en el cachete de aquel incauto.

Penumbra

Este texto lo escribí hace más de una década. Me lo encontré hoy y bueno, la curiosidad me lleva a publicarlo así, sin correcciones.

Penumbra, todo era penumbra. Habiendo tantos, paro en ti: centeno, trigo, lodo; mágica fusión, destinada a ser caldo. Habiendo tantos paro… No, caigo, en éste. La lluvia jamás me ha molestado; el viento helado tampoco, pero idiablos! Los dos juntos son una constante salpicadera que mi piel se vuelve chinita, chinita, chinita.

Tantos pueblos que hay y… Tantos! Y si no fuera porque la Carmela me espera, ni iba.  ¡Al cuerno con ella! Si m’sta esperando desdiacioras, pos’quesespere hasta la madrugada; total, ni que fuera tanta la prisa por ir a ver a la Carmela. ¡Ah, la Carmela! Como me rechinan las tripas cuando ando en la sierra, pero tantito más y llego.

¡Ah, la Carmela, pues! Tan alcahueta y respondona: Métete Eulalio que se enfrían las tortillas. Me va a decir nomás me vea. Siéntate, ándale. Ahorita te traigo tus frijoles y caliento más tortillas. ¿Te caliento más frijoles? ¿Te sirvo más chocolate? – ¡Ah, que la Carmela, diría yo mientras le doy una nalgada, Tati quieto, que si nos oye la comadre… – ¿Qué me importa si nos oye? ¿O qué? ¿No puedo tocar a mi mujer cuando guste? Pos ‘si, pero…-; Nada! Y súbase al catre que ando con ganas.

Entonces me hundiría yo en esa serpentina de lacios negros, me perdería en aquel mar infinito que es su vientre, me ocultaría tras sus pechos esperando no ser visto. El juego duraría hasta el amanecer, y a las puras cinco se levantaría como si nada: Ándale Eulalio, alevántate por la leña antes que se me apagué el comal, y yo me levantaría y traería leña pa’ la Carmela, pa’ que prendiera su comal, pa’ que calentara sus tortillas, y sus frijoles, y sus tortillas… Apúrate, quiero ir al pueblo, quiero comprarte un vestido; pero uno nuevo. Que lo cuelgue con los otros dos que le he comprado. Ándale con la leña, para el comal; para que caliente agua y no tenga que bañarse en el río donde los hijos de Don Sebas la miran; que le train ganas desde hace rato…, y se lave sus cabellos y los arregle con el peine que le traje el día de su santo: Santa Carmela.

¡Apúrate, mujer. Que se nos hace noche! Nos vamos al pueblo porque hay baile y quiero aventarme unos tequilas con el Poncho. Si, Eulalio. Ya voy. Ya voy, eso diría. Hasta creo que la oigo desde aquí: Si Eulalio, espérate Eulalio, ya mero Eulalio… vámonos pues, ¿no que mucha prisa? Y bailaríamos toda la noche, y tomaría tequila hasta que el padre Justino vaciara las botellas, y regresaríamos al catre y la tocaría como a veces lo hago, estate. ¡Ah, que la Carmela! Tan respondona, hasta pa’ lo que le gusta me hace berrinche, ¡ándale! Regrésese, que todavía tengo ganas. Sí, eso le diría; y la Carmela regresaría para perdernos entre los lacios de los dos y la penumbra del cuarto, sí, Eulalio, sí. Eso mismo diría la Carmela.

Bambú

— Mira mujer, hazme caso; cómprate una planta.

— Te juro que no entiendo tu petición. Te lo juro.

— ¿Qué petición? El que no entiende nada soy yo. ¿Cómo puede ser posible que tú, una mujer, no tenga una planta en casa? Ni una.

— Tengo un bambú.

— Los bambús no cuentan.

— ¿Cómo que no?

— Pues no. Todo mundo sabe que los bambús sólo alimentan pandas. No son plantas.

— Pero mi diccionario dice que si son plantas.

— Mira, mujer, cuando digo “todo mundo”, es todo mundo. ¿Me entiendes? Así que por favor cómprate unas plantas.

— Pero no me gustan las plantas, Ricardito.

— ¿Cómo no te van a gustar?

— Es que yo tampoco les gusto a ellas. Se me mueren, te lo juro.

— ¿Pero cómo se te van a morir? Mira, es muy fácil. Lo único que las plantas necesitan es agua.

— …

— ¿Sigues allí?

— Claro que sigo aquí. Simplemente que el sorbo de café se me fue por otro lado con la barbajanada que acabas de decir.

—¿Cuál?

— Ésa, ¡ésa! ¿Cómo crees que una planta sólo necesita agua?

— Claro. Todo mundo lo sabe. Mi mamá dice—

— ¡Ah! Tu mamá.

— Sí, mi mamá dice que—

— ¡Ah!

— ¿Qué?

— ¿Así que ahora ya empezamos a jugar la carta de la madre?

— No es ninguna carta.

— Porque si a esas vamos, Ricardito. Mi mamá también dice cosas. ¡Y muchas!

¿Cómo cuáles?

Pues como que las plantas necesitan mil madres más que sólo agua.

¿Ah si?

Asi es. ¿Y sabes que más dice?

No, ¿qué?

Que a su hijita querida se le mueren hasta los cabellos. Y que la única planta que tiene oportunidad de sobrevivir a esta casa ¡es un maldito bambú! Asi que… ¿cómo ves mi chavo?

Ya te dije que el bambú no es una planta.

— ¡Ah!

Mujer ideal

Hace poco, una amiga muy querida me preguntó sobre mi mujer ideal. Le respondí que no hay mujer ideal. Pero si la hubiera, hablaría inglés y francés tan bien como yo; amaría la comida china, el animé y el cine, sin importar el género; jugaría xbox conmigo y le encantaría viajar; ella sabría balancear su tiempo entre estar conmigo y estar con el resto del mundo; sabría cocinar mejor que yo y no le tendría miedo a probar cosas nuevas; ella sabría cómo hacerme parte de su vida sin apartarme de la mía. Y por último: sabría que Marvin es uno y el Escritor es otro.

¿Ves?– le respondí–  No hay mujeres ideales.

un domingo cualquiera

Sé de alguien que me dirá: “¿Y a quién le importa tu vida personal? Mejor escribe un poema, un cuento… qué sé yo.
Aun así, me atrevo a narrar algunas cosas curiosas que me acontecieron ayer. Algunos de mis lectores, los más suspicaces, seguro, encontran el truco perdido en estas letras; otros, los más distraídos, quizá, se preguntarán si realmente hay un maniqueo en estas palabras. Pasaremos, pues, a la nota. Pero les advierto: los hechos narrados, por poco verosímiles que sean, son totalmente reales.

Este relato comienza un domingo a las 17:45. Salí de su casa, porque mi acompañante necesitaba recibir a solas a cierta visita de negocios.  Subí al auto y manejé hacia la Avenida Washington, doblando a la izquierda en la Avenida Cuarta, hasta Broadway.

Entré al centro comercial por el acceso frente al F Street; un tugurio de artículos triple equis. Encontré estacionamiento en el nivel 6 que, a pesar de la lógica implícita, tiene salida al nivel dos del centro comercial. Me detuve unos segundos para ubicarme y allí, entre el tumulto, una chica de falda corta y botas altas me robó la atención. Pretendí la simulación ante el novio de la chica pero, qué más da. Él debe saber mejor que yo del efecto que su novia le provoca a los latinos. Curiosamente, esta situación de mi mirada desviada por una falda y unas botas se repitió, muy a mi placer, constantemente. Y no con la misma chica, sino con varias. “Bendita moda”, pensé.

Salí del centro y me acerqué a la pista de hielo. Me acomodé en una banca junto a la pista, a observar a los patinadores. Hacía frío, mucho. Y no era sólo el hielo sino el ambiente todo. Aunque ahora, redactando es historia macabra, creo que el frío lo traje conmigo desde aquella noche en que, por vez última, dejaste mi lecho.

Estuve allí, sentado junto al hielo por varios minutos. Observé y obserbé hasta empezar a reconocer a la gente que giraba. Estos ya pasaron tres veces, ella ya se cayó de nuevo, aquél tropezó y no lo vi. Me puse de pie y caminé de regreso a los comercios donde, sin ser obra de l azar, un oriental me ofreció sus servicios de masaje. Me acomodé en el potro y respiré profundo. Sus hábiles manos, sus codos y antebrazos, abatían mi cuerpo. “Qué placer tan perverso el mío”, pensé “este chino sí que sabe cómo tocar a un hombre”. Pensé de nuevo y me reí: “eso le platicaré a ella cuando la vea: mi comentario perverso del chino”. Pasaron 15 minutos. Me puse de pie. Pagué la deuda y caminé hacia la avenida Cuarta.

Crucé la calle, avancé al oeste y giré a la izquierda. De nuevo un tumulto. Estos cubrían toda la calle y una banda de High School los seguía. Me acerqué para ver las acrobacias y escuchar la música. Mucha alegría. Mucha música. Y muchas porristas. Dolido como estaba no reparé en observarlas a todas. Observarlas detenidamente. Vestían zapatos deportivos, mini mini faldas y ombligueras. Y a juzgar por el tamaño de sus piernas, la mayoría practicó el soccer durante la secundaria. Las observé con lujo y con lujuria pero, dada mi prisa, no duré más de 5 minutos devorándolas.

Caminé hacia la avenida Sexta y de nuevo viré al oeste. Bajé una cuadra y entré en la librería Borders. Un edificio encantador de grandes ventanales. Caminé a la sección de revistas y tomé un ejemplar de “JPG”, revista fotográfica de recién descubrimiento (mío, obvio). Subí un piso y caminé hacia la sección de cocina -te fijas si tienen el libro de Oriol, por favor -. Las palabras amenazantes de ella retumbaban aun en mi cabeza. El libro no apareció en la computadora del local. Bajé los escaños y me adelanté hacia la caja registradora. En el camino, un anaquel misterioso cruzó el rabillo de mis ojos. Me detuve ante un letrero que a mi bien leía: discounted books. Suspiré temeroso y me acerqué al anaquel de robel.

Registré cada uno de esos libros como si fueran porristas en invierno, aunque sin salivar las cubiertas. Me llenó el ojo un libro de dibujo fechado 2006 y valuado en 9.99 USD. Lo tomé sin chistar. Pagué el libro y la revista y tomé la avenida H hacia el norte.

Empecé a caminar y de nuevo sentí que algo extraño y horroroso estaba por suceder. Caminé más despacio a mi derecha, sin avisar, una mujer me rozó el cuello con su chamarra. Ella, camina con cierta velocidad de ya-voy-tarde. Lo primeró que noté fueron sus botas negras, su falda, su cabello liso y, por último (aunque no me crean), su enorme trasero. “Caramba”, me dije, “hace mucho que no veía un cuerpo de avispa”, porque, justamente ese cuerpo tenía ella: hombros rectos y definidos, postura holgada pero bien llevada, una cintura pequeña y un enorme trasero.

Aclaro lo siguiente: no era tan enorme como para disgustarme. Creo que la figura avispa de ella andaba de este lado de lo perfecto. Mientras caminaba detrás de ella, pensaba en la coincidencia de que fuésemos hacia donde mismo. Y que las próximas tres cuadras fueran tan placenteras al contemplarle su cadencia al andar. Eventualmente me daría cuenta que, en efecto, íbamos a donde mismo. Como aun no sabía yo esto, me dediqué a disfrutarla durante todo el camino y a buscarle comparaciones a su cuerpo: una botella de cocacola, pero con más cintura; una avispa humana; un regalo de Dios a los hombres (o a la humanidad misma ¿por qué no?); un pequeño distractor de peatones. Ella podría ser tantas cosas para tantos hombres, que su contoneo dejó de ser interesante y me perdí en mis pensamientos.

Dejar de verla fue, honestamente, un error. Ahora sólo recuerdo lo que pensé de ella, y no lo que le vi.

Caminé hacia la escalinata que originalmente me sacó del estacionamiento. Pagué mi boleto en la máquina dispuesta para ello y subí al auto.

Paréntesis.

Mi auto es un caso muy curioso cada que cruzo la frontera. 5 de cada 10 oficiales de migración me lo luchean. Me preguntan cuánto me costó. Me preguntan qué tanta gasolina gasta. Me preguntan qué tal corre. Esta información no sólo me dice que ellos y yo compartimos el mismo gusto en automóbiles. También me dice que el servicio de inmigración y naturalización de los EEUU contrata oficiales con un perfil sicológico muy similiar al mío. ¿Conclusión? Yo podría hacer ese trabajo, si cumpliera con los requisitos de ciudadanía.

Paréntesis.

Subí al auto y fue un suplicio salir de allí. Baste decir que fueron más 10 minutos de espera. No sé a qué venía la lentitud/

Manejé hacia el este sobre la avenida Quinta, doblé a la derecha en la Washington y llegué a mi destino. Me bajé del auto. -¿Cómo te fue? -, me preguntó ella, -porristas – suspiré. -Vi porristas -.

Mi narración aquí concluye. Yo sólo espero que esta macabra narración no te impida dormir, amable lector. Y, para todos aquellos que no vieron el fantasma, les pediré que relean con mayor detenimiento.