Sé de alguien que me dirá: “¿Y a quién le importa tu vida personal? Mejor escribe un poema, un cuento… qué sé yo.
Aun así, me atrevo a narrar algunas cosas curiosas que me acontecieron ayer. Algunos de mis lectores, los más suspicaces, seguro, encontran el truco perdido en estas letras; otros, los más distraídos, quizá, se preguntarán si realmente hay un maniqueo en estas palabras. Pasaremos, pues, a la nota. Pero les advierto: los hechos narrados, por poco verosímiles que sean, son totalmente reales.
Este relato comienza un domingo a las 17:45. Salí de su casa, porque mi acompañante necesitaba recibir a solas a cierta visita de negocios. Subí al auto y manejé hacia la Avenida Washington, doblando a la izquierda en la Avenida Cuarta, hasta Broadway.
Entré al centro comercial por el acceso frente al F Street; un tugurio de artículos triple equis. Encontré estacionamiento en el nivel 6 que, a pesar de la lógica implícita, tiene salida al nivel dos del centro comercial. Me detuve unos segundos para ubicarme y allí, entre el tumulto, una chica de falda corta y botas altas me robó la atención. Pretendí la simulación ante el novio de la chica pero, qué más da. Él debe saber mejor que yo del efecto que su novia le provoca a los latinos. Curiosamente, esta situación de mi mirada desviada por una falda y unas botas se repitió, muy a mi placer, constantemente. Y no con la misma chica, sino con varias. “Bendita moda”, pensé.
Salí del centro y me acerqué a la pista de hielo. Me acomodé en una banca junto a la pista, a observar a los patinadores. Hacía frío, mucho. Y no era sólo el hielo sino el ambiente todo. Aunque ahora, redactando es historia macabra, creo que el frío lo traje conmigo desde aquella noche en que, por vez última, dejaste mi lecho.
Estuve allí, sentado junto al hielo por varios minutos. Observé y obserbé hasta empezar a reconocer a la gente que giraba. Estos ya pasaron tres veces, ella ya se cayó de nuevo, aquél tropezó y no lo vi. Me puse de pie y caminé de regreso a los comercios donde, sin ser obra de l azar, un oriental me ofreció sus servicios de masaje. Me acomodé en el potro y respiré profundo. Sus hábiles manos, sus codos y antebrazos, abatían mi cuerpo. “Qué placer tan perverso el mío”, pensé “este chino sí que sabe cómo tocar a un hombre”. Pensé de nuevo y me reí: “eso le platicaré a ella cuando la vea: mi comentario perverso del chino”. Pasaron 15 minutos. Me puse de pie. Pagué la deuda y caminé hacia la avenida Cuarta.
Crucé la calle, avancé al oeste y giré a la izquierda. De nuevo un tumulto. Estos cubrían toda la calle y una banda de High School los seguía. Me acerqué para ver las acrobacias y escuchar la música. Mucha alegría. Mucha música. Y muchas porristas. Dolido como estaba no reparé en observarlas a todas. Observarlas detenidamente. Vestían zapatos deportivos, mini mini faldas y ombligueras. Y a juzgar por el tamaño de sus piernas, la mayoría practicó el soccer durante la secundaria. Las observé con lujo y con lujuria pero, dada mi prisa, no duré más de 5 minutos devorándolas.
Caminé hacia la avenida Sexta y de nuevo viré al oeste. Bajé una cuadra y entré en la librería Borders. Un edificio encantador de grandes ventanales. Caminé a la sección de revistas y tomé un ejemplar de “JPG”, revista fotográfica de recién descubrimiento (mío, obvio). Subí un piso y caminé hacia la sección de cocina -te fijas si tienen el libro de Oriol, por favor -. Las palabras amenazantes de ella retumbaban aun en mi cabeza. El libro no apareció en la computadora del local. Bajé los escaños y me adelanté hacia la caja registradora. En el camino, un anaquel misterioso cruzó el rabillo de mis ojos. Me detuve ante un letrero que a mi bien leía: discounted books. Suspiré temeroso y me acerqué al anaquel de robel.
Registré cada uno de esos libros como si fueran porristas en invierno, aunque sin salivar las cubiertas. Me llenó el ojo un libro de dibujo fechado 2006 y valuado en 9.99 USD. Lo tomé sin chistar. Pagué el libro y la revista y tomé la avenida H hacia el norte.
Empecé a caminar y de nuevo sentí que algo extraño y horroroso estaba por suceder. Caminé más despacio a mi derecha, sin avisar, una mujer me rozó el cuello con su chamarra. Ella, camina con cierta velocidad de ya-voy-tarde. Lo primeró que noté fueron sus botas negras, su falda, su cabello liso y, por último (aunque no me crean), su enorme trasero. “Caramba”, me dije, “hace mucho que no veía un cuerpo de avispa”, porque, justamente ese cuerpo tenía ella: hombros rectos y definidos, postura holgada pero bien llevada, una cintura pequeña y un enorme trasero.
Aclaro lo siguiente: no era tan enorme como para disgustarme. Creo que la figura avispa de ella andaba de este lado de lo perfecto. Mientras caminaba detrás de ella, pensaba en la coincidencia de que fuésemos hacia donde mismo. Y que las próximas tres cuadras fueran tan placenteras al contemplarle su cadencia al andar. Eventualmente me daría cuenta que, en efecto, íbamos a donde mismo. Como aun no sabía yo esto, me dediqué a disfrutarla durante todo el camino y a buscarle comparaciones a su cuerpo: una botella de cocacola, pero con más cintura; una avispa humana; un regalo de Dios a los hombres (o a la humanidad misma ¿por qué no?); un pequeño distractor de peatones. Ella podría ser tantas cosas para tantos hombres, que su contoneo dejó de ser interesante y me perdí en mis pensamientos.
Dejar de verla fue, honestamente, un error. Ahora sólo recuerdo lo que pensé de ella, y no lo que le vi.
Caminé hacia la escalinata que originalmente me sacó del estacionamiento. Pagué mi boleto en la máquina dispuesta para ello y subí al auto.
Paréntesis.
Mi auto es un caso muy curioso cada que cruzo la frontera. 5 de cada 10 oficiales de migración me lo luchean. Me preguntan cuánto me costó. Me preguntan qué tanta gasolina gasta. Me preguntan qué tal corre. Esta información no sólo me dice que ellos y yo compartimos el mismo gusto en automóbiles. También me dice que el servicio de inmigración y naturalización de los EEUU contrata oficiales con un perfil sicológico muy similiar al mío. ¿Conclusión? Yo podría hacer ese trabajo, si cumpliera con los requisitos de ciudadanía.
Paréntesis.
Subí al auto y fue un suplicio salir de allí. Baste decir que fueron más 10 minutos de espera. No sé a qué venía la lentitud/
Manejé hacia el este sobre la avenida Quinta, doblé a la derecha en la Washington y llegué a mi destino. Me bajé del auto. -¿Cómo te fue? -, me preguntó ella, -porristas – suspiré. -Vi porristas -.
Mi narración aquí concluye. Yo sólo espero que esta macabra narración no te impida dormir, amable lector. Y, para todos aquellos que no vieron el fantasma, les pediré que relean con mayor detenimiento.